Llaman a la puerta… de Pep Bruno

«A Stranger at Your Door» by y3110wjack3tt

LLAMAN A LA PUERTA

Lunes por la tarde.

Estoy escribiendo el cuento para la revista (en papel) de El Decano. Tecleo llaman a la puerta y, literalmente, llaman a la puerta. Me ha subido un escalofrío hasta la nuca que me ha dejado en el sitio. Vuelven a llamar. Me levanto y voy hacia la puerta pensando qué casualidad, qué cosas pasan. Atiendo al señor que ha llamado y que me pide disculpas porque dice que se ha equivocado de casa.

Vuelvo al ordenador, vuelvo al teclado. Paso un rato en silencio pensando qué pasará si escribo de nuevo llaman a la puerta. Pruebo. Y vuelve a suceder: llaman a la puerta.

Es demasiada casualidad para ser casual, me digo. Esto es una broma. Abro la puerta. De nuevo el señor de antes mirándome atónito. Le ruego que me vuelva a disculpar, me dice, pero no sé qué me pasa, de pronto siento una irresistible necesidad de pulsar su timbre. Está bien, le digo, no se apure, es una tarde extraña.

Nos despedimos de nuevo y vuelvo a mi ordenador, a mi teclado. Cierro los ojos, tomo aire, y vuelvo a escribir llaman a la puerta. Antes de que termine la palabra puerta suena el timbre de entrada.

Pego un brinco y voy corriendo a la entrada. El hombre está allí, gimoteando, no sé qué me pasa, me dice, se lo juro, debo estar enfermo pero no puedo dejar de llamar a su timbre. No se apure, le tranquilizo, no sabemos qué pasa esta tarde que, como le dije, es tan extraña.

De nuevo nos despedimos. Ahora, sentado frente al teclado, pienso que tal vez pueda hacer algo bueno por una vez en mi vida, y tecleo: cesan las guerras, las injusticias se resuelven, los que sufren dejan de sufrir, la pertinaz hambruna desaparece, la masacre medioambiental se detiene, las enfermedades terribles se curan, el mundo se hace civilizado y la vida es bella.

Me asomo a la ventana. Espero. No parece que nada cambie en el mundo. Miro en internet a ver si algún conflicto armado, sorpresivamente, ha terminado. Paso unas horas buscando. Pero nada parece cambiar. Está visto que mi poder es muy limitado. Y patético. Vuelvo a teclear llaman a la puerta.

Tomado de Por los caminos de la tierra oral.

Feliz segundo mes


¿Sabes qué día es hoy? Hoy se cumplen dos meses de habernos visto, besado y tocado por primera vez… Bueno, ya todo el mundo sabe que fui yo quien te tocó, pero tú no perdiste tiempo en aprovechar mi boca y llevar mi mano hasta tus pezones y entre tus muslos… El caso es que han pasado 61 días desde aquella noche en que las estrellas fueron testigos sordos de exploratorios besos y gemidos casi incontrolables. Ahora no sé por qué me viene a la mente esa canción de Álex Ferreira, «Yo soy de la noche»:

me regalas la luna
me quitas dolor
intercambiamos fluidos
intercambiamos sabor
prefiero la noche
yo soy de la noche
y si encuentro un gemido en tu corazón
blasfemo un llanto en nombre del sol…

No sé a ti, pero a mí se me ponen los pelos de punta, sí, todos… Y mucho más cuando pienso en las cosas que han sucedido en estos dos meses, lo que hemos vivido juntos, alegrías, revelaciones, estremecimientos, orgasmos, locuras de muchos tipos. También lágrimas y muchos, muchos abrazos. Gracias a ti me he sentido más vivo, he reconquistado estados que creía perdidos, he bailado la danza de los agraciados… Tengo tanto que decirte que las palabras no me alcanzarían. Mírame. Soy alguien que te necesita desde siempre y en este preciso instante. Soy alguien que no se conforma con rozarte y bañarse con tu aliento seductor, quiero tu palabra cálida, tu noble mirada con que descifras mis señales, tu inocente sorpresa cuando te hago el amor, tu explosión desmedida ante el tacto certero de mis sentidos… No sé aun cuál sea tu disposición a dejarme anidar en ti, yo solo sé que quiero vivir colgado de tu pureza y tus ansias infinitas. Quiero habitar en esas células desde donde emana tu amor. Desde este pergamino de confidencias te regalo mi capacidad de amarte, de luchar por ti y porque me sigas concediendo tus asombros…, pero sobre todo te regalo mi mapa para que siempre sepas llegar a mí, a mi luz, al centro de esta caja torácica que aprisiona versos, un alma blanca y un corazón de chocolate que late –late, late, late– por ti. 

P.S. Aquí te dejo esta chocodelicia, porque no puede ser de otro sabor.