La frase (3)

“Nunca confíes en la suerte, porque la suerte es el pretexto de los fracasados.” (Pablo Neruda)

Haz tambalear los cercos de mis últimos límites

Un poema de Neruda que siempre me ha identificado. Un poema desesperado que en mi voz cobra mucho sentido.

Llénate de mí.
Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame.
Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora,
Soy el que pasó saltando sobre las cosas,
el fugante, el doliente.

Pero siento tu hora,
la hora de que mi vida gotee sobre tu alma,
la hora de las ternuras que no derramé nunca,
la hora de los silencios que no tienen palabras,
tu hora, alba de sangre que me nutrió de angustias,
tu hora, medianoche que me fue solitaria.

Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.
Yo soy esto que gime, esto que arde, esto que sufre.
Yo soy esto que ataca, esto que aúlla, esto que canta.
No, no quiero ser esto.
Ayúdame a romper estas puertas inmensas.
Con tus hombros de seda desentierra estas anclas.
Así crucificaron mi dolor una tarde.

Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel astro.
Mi corazón no debe callar hoy o mañana.
Debe participar de lo que toca,
debe ser de metales, de raíces, de alas.
No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.
No, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Entonces gritaría, lloraría, gemiría.

No puede ser, no puede ser.
¿Quién iba a romper esta vibración de mis alas?
¿Quién iba a exterminarme? ¿Qué designio, qué palabra?
No puede ser, no puede ser, no puede ser.
Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

Porque tú eres mi ruta. Te forjé en lucha viva.
De mi pelea oscura contra mí mismo, fuiste.
Tienes de mí ese sello de avidez no saciada.
Desde que yo los miro tus ojos son más tristes.
Vamos juntos. Rompamos este camino juntos.
Ser la ruta tuya. Pasa. Déjame irme.
Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
Haz tambalear los cercos de mis últimos límites.

Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,
inundando las tierras como un río terrible,
desatando estos nudos, ah, Dios mío, estos nudos,
destrozando,
quemando,
arrasando
como una lava loca lo que existe,
correr fuera de mí mismo, perdidamente,
libre de mí. Curiosamente libre.
¡Irme, Dios mío, irme!

Cuando callas…

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Y esa boquita que me pones, ex profeso y no ex profeso, invitando a la mordida… Ay, Dios, ¿cómo no irte arriba, o abajo –todo depende de la circunstancia–, o morder suavemente ese labio sobresaliente como una uva? Me gustas cuando callas y me miras, y sé que no estás ausente porque adivino lo que estás pensando… Y mi voz te toca y te acaricia –la bembita y lo que no es la bembita–, te susurra locuras, tremendas locuras, en ese lenguaje en que hablan los amantes. Me gustas cuando callas y te detienes a mirarme y te posas en mi boca por la que se escurre una sonrisa furtiva, esa sonrisa que inauguraste y a la que le debo parte de esta resurrección… Hoy quiero decirte tantas cosas, pero la más urgente es que quiero ser tu refugio de sensaciones.

P.S. I bite you…