Rayuela, como una luna en el agua

A los 20 años leí la novela -experimental para su época- Rayuela, obra cumbre del argentino Julio Cortázar y un clásico de la literatura universal. Desde entonces nada volvió a ser igual. Recuerdo aquel verano en que iba a la costa y me sentaba a leer durante horas, loco porque pasaran los años para llegar al libro por otro de sus múltiples caminos y devorar sus capítulos «prescindibles».

Quiero volver a enamorarme de «La Maga», estremecerme otra vez con los capítulos 28 y 41… Es imperdonable no leer esta obra que trascendió todas las miopías y revolucionó la literatura escrita en lengua española. Un breve fragmento a continuación:

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar.

Hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre otras, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio.

Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí, como una luna en el agua.

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Foto: Esmeralda Vientos (Flickr.com)

P.S.: Hola, baby. Esa entrada es para ti. ¿Te suena ese juego del cíclope? Jejeje. (Te espero).

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Cuando callas…

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Y esa boquita que me pones, ex profeso y no ex profeso, invitando a la mordida… Ay, Dios, ¿cómo no irte arriba, o abajo –todo depende de la circunstancia–, o morder suavemente ese labio sobresaliente como una uva? Me gustas cuando callas y me miras, y sé que no estás ausente porque adivino lo que estás pensando… Y mi voz te toca y te acaricia –la bembita y lo que no es la bembita–, te susurra locuras, tremendas locuras, en ese lenguaje en que hablan los amantes. Me gustas cuando callas y te detienes a mirarme y te posas en mi boca por la que se escurre una sonrisa furtiva, esa sonrisa que inauguraste y a la que le debo parte de esta resurrección… Hoy quiero decirte tantas cosas, pero la más urgente es que quiero ser tu refugio de sensaciones.

P.S. I bite you…