Hemingway fue obligado a salir de Cuba

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© Osvaldo Salas

Ernest Hemingway, el dios de bronce de la literatura americana, abandonó Cuba repentinamente el 25 de julio de 1960. Un año después, en el amanecer del 2 de julio de 1961 se suicidó en Estados Unidos. Dos tiros en el cielo de la boca pusieron fin a la vida del Premio Nobel de Literatura 1954 y Pulitzer 1953. La noticia recorrió el mundo y todavía hoy es objeto de debates.

Mucho se ha especulado al respecto y también acerca de las causas que lo llevaron a dejar la Finca Vigía, con todas sus pertenencias dentro; entre ellas, los manuscritos sin concluir de algunas de sus novelas. Según plantean la mayoría de sus biógrafos, la decisión de marcharse se debió a que se sintió frustrado ante el triunfo de la Revolución Cubana. Sin embargo, la especialista Ada Rosa Alfonso Rosales, directora del Museo Ernest Hemingway, asegura que el entonces embajador de los Estados Unidos, Philip Wilson Bonsal, obligó al autor de El Viejo y el mar a abandonar la Isla.

Es un hecho, plantea, que lo forzaron a irse. En enero de 1959 Hemingway había dado unas declaraciones a la prensa estadounidense a favor de la Revolución (estaba en Norteamérica en ese momento), en las que expresó su esperanza con lo que sucedía en la Isla y apoyó el ajusticiamiento a los esbirros de la tiranía de Batista. Él vivió la experiencia de que le mataran un perro, aquí en la finca, en un registro que se le hizo en el año 57.

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Me desordeno, amor, me desordeno

Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada,
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.

El otro día te prometí un poema que tiene que ver contigo… de alguna manera. Aquí lo tienes, con seno y todo. La autora, Carilda Oliver Labra (Matanzas, Cuba, 1924), es una de las voces más altas de la poesía hispanoamericana. Con este poema escrito en 1942, a sus 18 años, escandalizó a la sociedad cubana de la época, a tal punto que el obispo de la ciudad fue a verla para exigirle que se retractara de semejante audacia. Pero el erotismo era algo natural para Carilda, quien no conoce de reglas ni moldes. No en vano Hemingway fantaseó con ella. Las palabras que le dedicó Miguel Barnet podrían resumir la obra de esta genial poeta: «Sin ortodoxia, pero plena y desenfadada, sin purismos; más bien impura como la esencia misma de la vida, su obra se inscribe en la marginalidad de lo híbrido y lo imperfecto, de lo anticonvencional y lo raro». Entre sus libros de versos sobresalen Al sur de mi garganta (1949), Memoria de la fiebre (1958), Versos de amor (1963), La ceiba me dijo tú (1979), Desaparece el polvo (1983), Calzada de Tirry 81 (1987), Se me ha perdido un hombre (1993) y Discurso de Eva (1997).