Rojo cinabrio

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«Naturaleza muerta con cebollas y botella» de Paul Cézanne
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ROJO CINABRIO

Cézanne no murió de hambre,
Sed o tristeza.
Tampoco murió
Por un coma diabético; ni siquiera
Se murió de la risa.
Cézanne
No murió de insolación, vergüenza
O falta de espíritu.
Ni siquiera de amor.
Cézanne no murió
Por devorar tantas guindas ácidas
En una sola tarde
Ni por padecer insomnio diurno;
Mucho menos por el deslumbramiento
Del blanco titanio
O por el rostro cenagoso de sus paisanos
(La muerte ni lo impresionaba).
Cézanne no murió de abandono, soledad
O por no tener suficientes bártulos
Que liar para su lenización de lo calcáreo
O por dejar de tener las resmas necesarias
Para el juego de sus manos pigmentadas;
Cézanne no murió por caminar demasiado
O por querer avanzar en demasía
Hacia lo imposible;
Ni siquiera por carecer de casa, calor
O de amigos labriegos.
No murió Cézanne de muerte natural,
Artificial o accidental
(Sabía desmayarse/
Desvanecerse entre los viñedos);
Tampoco por sentir con la percepción;
Tampoco por pensar como el melocotón
(De manera aduraznada ser y ver),
No por abandonarse bajo la lluvia nocturna
Ni por mirar fijamente el infinito
Imperfecto
Ni por debatirse tanto
Entre la angustia y la angustia.
Cézanne jamás murió.
Se la pasó agonizando
Pero nunca murió,
Salvo en la luz y el color
Que son eternas.

(Carlos Oliva ©)

Carlos Oliva (1960-1994), poeta peruano, fundador del grupo poético Neón… Más información aquí.